ENFOQUE

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Con los planetas alineados y un estilo sostenido en la paciencia

Por Gustavo Sánchez Romero - Dos Florines 

Quien haya comprado a Gustavo Bordet por tapado, hoy debe estar besando los boletos en la fila que lo lleva a la ventanilla de cobro. El que parecía un matungo lento, que avanzaba los primeros metros como distraído terminó sacando varios cuerpos a los escépticos y dominó todos los frentes con que se encontró a finales de 2015.

Inclusive, en aquel (este) que le demandaba posicionarse ante la opción que abrió la fórmula Fernández/Fernández o el hasta ayer todavía vigente Alternativa Federal.

En su franciscana paciencia para no forzar ningún tiempo, el gobernador encontró el mecanismo ideal para salir indemne, sin perjuicio que algunos planetas se alinearon a su favor.

Habrá que recordar que hace menos de cuatro años asumía con un discurso vago y sustentado en frases de sentido común, pero pletórico de mensajes ocultos para que oiga quién haya querido oír. Sergio Urribarri no estaba dispuesto a cederle amigablemente el poder, al que hubiese atenazado de por vida, si por él fuera, y le dejó un campo minado con funcionarios kirchneristas en todas las áreas, con todas las canas y las mañas y muy dispuestos a hacerle saber que fue por ellos que él ocupaba ahora el sillón principal de la Casa Gris.

Se había comprometido, el flamante gobernador, con el electorado –especialmente con el empresariado- al equilibrio fiscal y a detener el flujo de empleados a un Estado provincial saturado.

Llegaba con una gestión en Concordia valorada en votos, pero con pocas espadas propias.

Su destino se definió por la convivencia inevitable con estructuras y mecanismos sospechados y con una sociedad civil desencantada por el arrojo de su antecesor por llegar a la Presidencia con una campaña fastuosa y cuando los más optimistas de los pronósticos le otorgaban un 2 % de intención de votos y un desconocimiento casi total en gran parte del territorio nacional.

Sergio Urribarri, que había realizado una primera gestión arrolladora y altamente elogiada por propios y extraños por la dinámica que le impuso a las políticas -con gran aceptación del sector privado, lo que lo llevó a lograr el 56 % de los votos para su reelección- concluyó sus días en el gobierno con un rechazo generalizado dilapidando un capital político detrás de un sueño caprichoso que lo llevaría al final de un laberinto sin posibilidad de regreso.

Cambios.

La provincia pasaba, entonces, de un mandatario que se presentaba como una tromba, autorreferencial y hedonista, enchastrado en el engrudo kirchnerista que gran parte de la sociedad repudiaba meridianamente a otro de tono monocorde, sin grandilocuencias, que debía pisar con el cuidado que no explote ninguna de las minas fiscales que le dejó “la continuidad positiva”.

Se enfrentaba a la necesidad de seducir a los peronistas desencantados, a los más jacobinos que lo verían muy pronto como un traidor, a los intendentes que esperaban un flujo de fondos que les garantice cierta paz en su territorio y a la sociedad atosigada por una brecha asfixiante de la que la mayoría prefería prescindir.

Y como si todo esto no alcanzaba, en Balcarce 50 gobernaba una coalición de la que era opositor, con un rara avis a la cabeza que se manejaba con códigos políticos tan singulares como inasibles.  Sin embargo y sin perjuicio de las reales diferencias, con el correr de los días se desnudaría que sus estilos no serían tan disímiles. Tanto Gustavo Bordet como Mauricio Macri integran esa pléyade de líderes institucionales, que evitan la tensión y el conflicto como metodología política y prefieren el peor de los acuerdos a la mejor de las divisiones.

Con estas artes, el entrerriano debía refundar el peronismo provincial y conducir a caudillos históricos, dirigentes clientelares y a los más jóvenes que pugnaban por emerger con otro reticulado de valores y expectativas.

Para entender a uno y otro -con todo respeto- quizá alcance con leer “La política en el Siglo XXI… Arte, mito o ciencia”, del inefable Jaime Durán Barba.

Las definiciones del sociólogo ecuatoriano permitirán entender los ejes filosóficos y políticos fundantes, como por ejemplo porqué se inclinó por Laura Stratta para integrar su fórmula, cosa que podía advertirse desde muchas semanas antes de tomada la decisión.

Gustavo Bordet debió superar barreras en su primera gestión, y lo que para pocos era un fija, se convirtió en el dirigente más votado de la historia de la provincia, con una proyección sin límites definidos, todavía, y con un componente que parece sustituir todas sus falencias: una inagotable paciencia para apretar el gatillo justo cuando la perdiz está levantando vuelo y todavía no emite su inconfundible chasquido. 

A la luz de los hechos, todos sus sentidos, especialmente el político, se mantienen alertas y actúan, por lo menos hasta ahora, con una precisión euclidiana. Sabe también que el futuro no brinda ningún margen de error.  

Avances.

La provincia acaba de concluir un proceso eleccionario que dejó a Bordet como claro ganador y, con el diario del lunes, todo parece indicar que aquí no ha pasado nada.

Sin embargo, y del mismo modo que la sociedad cavila silenciosa ante procesos convulsivos; no es muy distinta su actitud ante cierta parsimonia y morosidad en el proceso eleccionario.

Los entrerrianos no lo advertimos abiertamente, pero esa geografía que puede parecer anodina quizá se asemeje a cierta institucionalidad que esta provincia se merece de una vez por todas.

Este cronista no tiene dudas que por primera vez desde el regreso de la democracia se enfrentaron dos caballeros políticos de pura cepa. Gustavo Bordet y Atilio Benedetti –y sus compañeros de fórmula a la altura de las circunstancias- se mostraron contestes con estilos modernos, moderados y confiables; y detrás de la contingencia del resultado y cualesquiera sean las razones que lo expliquen, existió una plataforma de respeto por los ciudadanos y el proceso. Más allá de cualquier escaramuza menor en el plano del discurso, primó el estilo de institucionalidad con un marco distinto para la militancia.

Ambos, a su tiempo y en forma directa, sufrieron operaciones de prensa y publicitarias desde el mismo sector a los que prefirieron no confrontar: el primero con el famoso crédito que gestionó legítimamente a través de un banco privado para un proyecto productivo innovador; el segundo con la maquinaria de intervención callejera con la creativa fórmula: Bordet=Macri.

Sin dudas que Entre Ríos ganó bastante en este tiempo, y el desafío tiene dos caras girando en el aire simultáneamente: a) sostener este círculo virtuoso y; b) prescribir, definitivamente, un modelo de desarrollo económico y social para Entre Ríos.

Festejos.

En un discurso tan componedor y medido como su estilo, a la hora de los festejos como en la conferencia de prensa que integraban medios de comunicación de alcance nacional, el domingo a la noche, el gobernador Bordet buscó las explicaciones del contundente triunfo en un Estado presente ante un contexto económico y social muy adverso a nivel nacional; en el diálogo con todos los sectores y en la búsqueda de consensos para la definición de políticas públicas.

Está claro que Bordet, con 20 puntos a su favor, quizá haya pecado de generosidad in extremis.

 A la luz del escrutinio quedó demostrado que no necesitaba del urribarrismo para reelegir. Y él lo supo desde siempre.

Pero no es menos cierto que muchos pueblos y ciudades –a priori- corrían peligro si el peronismo competía dividido, y seguramente no se hubiesen recuperado distritos clave, y Cambiemos se habría hecho de alguna intendencia más.

Esa presión existió, ciertamente. Como así también la nacional kirchnerista para no dejar naufragar en Entre Ríos a uno de sus hijos dilectos.

Bordet prefirió apostar a la fortaleza territorial de los dirigentes y la victoria sistémica a brindarle la estocada final al urribarrismo, que apenas hubiese superado a la izquierda en caso de haber competido con dirigentes puros.

Sin embargo, de viva voz y ante micrófono que se le arrime, Urribarri encontró en la unidad del peronismo provincial –que en teoría él promovió- el secreto del triunfo del peronismo bordetista. En sus palabras no se encuentra ningún mérito en la estrategia política del partido, en la figura de arrastre del líder del partido de Gobierno o en la gestión de estos cuatro años.  Todo se redujo, según el ex mandatario, a la “generosidad de nuestra líder Cristina Fernández de Kirchner” y la muñeca de Alberto Fernández que realizó “un enorme trabajo para alcanzar el acuerdo en Entre Ríos”. Ah, y ya que estamos hablando, señor periodista, saludo a este muchacho que ganó las elecciones en Entre Ríos…

Bordet prefirió hablar del ordenamiento de las cuentas públicas, de la reducción de impuestos que alcanzará en breve –según volvió a asegurar- a cero en Ingresos Brutos, la reducción de la Ley 4031 y la eliminación del Impuesto a los sellos “que grava los contratos privados” y entendió que esto “mejora la competitividad del sector privado que puede invertir y generar empleo genuino”.  

Sin dudas que, como a su turno lo hizo con el Urribarri expeditivo, hoy el empresariado entrerriano le dio un voto de confianza al estilo institucional del reelecto gobernador.

Los tiempos apuraban a Bordet para tomar una definición política y ante las consultas él se muestra orejeando las cartas. Todo indicaba que la decantación de los procesos de alianzas nacionales decidiría por él y, como casi siempre, sólo se trataba de tener paciencia.

El atrevido salto que dio Miguel Ángel Pichetto hacia una nueva versión de Cambiemos desmanteló toda chance de Alternativa Federal y Bordet quedó parado en medio de la escena principal sin decir estaba boca es mía.

Sólo cuando Sergio Massa hizo ostensible su regreso al redil, Bordet envío un guiño a Alberto Fernández, a quien le reconoció su destreza para el cierre provincial.

Urribarri habrá dejado caer una tenue sonrisa en la comisura de sus labios.

El nuevo escenario lo deja muy bien posicionado, aunque con el riesgo de una furiosa polarización en la que el kirchnerismo intentará arrastrarlo en lo que será la madre de las batallas, dominada por las falanges que integran los soldados más radicalizados.

Este escenario también favorecería a Urribarri, siempre ávido de fueros.

Según versiones en el seno del poder entrerriano, el gobierno tenía intenciones de hacer transpirar a Urribarri en una PASO si deseaba algún cargo legislativo a nivel nacional.

Como se están perfilando los días esta opción no tendría demasiado sentido en un gran frente nacional donde quepan todos: los cristinistas puros, los gobernadores moderados, el sindicalismo de los Gordos, viejos caudillos provinciales sospechados desde siempre de prácticas injustificables, la Cámpora, los movimientos sociales …. Todos manoseados. Mucho más cuando el rival sería nada menos que Jorge Busti -quien ya abrió el paraguas-, el hombre al que Cristina nunca perdonará su voto legislativo en el caso de Luis Barrionuevo -senador por Catamarca- cuando el concordiense la contrarió. La líder del Kirchnerismo podrá carecer de muchas cosas, menos de memoria selectiva. 

Unidos.

El espanto a una nueva gestión macrista los ampara y contiene como una madre generosa, sin beneficio de inventario.

Haber sabido esperar y no mostrar las cartas impone hoy a Bordet como un referente ineludible en el armado nacional que tiene a Entre Ríos como antecedente de acuerdo integrador, y demostró ser un líder positivo que aportaría un insumo que escasea y mucho en este espacio que se articula a partir de la decisión de Sergio Massa y del irreductible entramado ideológico del kirchnerismo.

Si juan Schiaretti, Juan Urtubey o Sergio Uniac acompañan a Miguel Ángel Pichetto y Bordet se abre finalmente a la fórmula Fernández / Fernández, su  figura se agigantará aún más en el firmamento nacional.

Comienza a levantarse la bruma de la larga mañana y aparecen los rayos del sol que muestran de qué está hecha esta nueva mañana. Allí aparece Gustavo Bordet, con los planetas alineados y ese particular y parsimonioso estilo de actuar aplicando al general: todo a su debido tiempo, y armoniosamente.

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