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¿Quo vadis Argentina?

El político y estadista argentino Nicolás Avellaneda afirmó en el siglo XIX que “los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla”, y hoy más que nunca, en los albores de un nuevo año signado por la incertidumbre y las especulaciones deberían resonar estas palabras. Carlos Marcelo Pintos

Muchos de nuestros lectores peinan canas, muchos otros están en la mediana edad y, por suerte y satisfacción nuestra, un número creciente de jóvenes van incorporándose a la pléyade de lectores consuetudinarios de Dos Florines, y, considero que viene muy bien hacer un repaso del “dónde venimos y hacia dónde quisiéramos ir” como país.
Pero tal como lo señalara hace casi 150 años Avellaneda, no debemos desdeñar lo acontecido en nuestro pasado con el fin de no repetir aquellos errores que afectaron nuestro destino como sociedad y como Nación.
También podremos parafrasear una sentencia de Carlos Marx: La historia se repite: primero como comedia y la segunda vez como tragedia.


El ámbito inmobiliario no es un sector ajeno a los devenires de la historia argentina. No está exenta de los efectos que se producen en su contexto político, económico y social. También ha sufrido los avatares que la Argentina ha tenido que padecer, y usufructuar los años de bonanza que supimos gozar (porque los hubo, sí los hubo).
Siempre se creyó que Argentina tenía un destino de grandeza. En 1810, 1816, 1853; y la denominada “generación del 80” puso viento en popa para alcanzar ese destino.
Sin dudas la organización del Estado constituyó un avance inconmensurable para darle un plafón de seguridad jurídica a las inversiones y la protección de la propiedad privada. De mano de distintos gobiernos, unos más patriotas que otros, construyeron las bases de un país que fue admirado por varias décadas no solo por los vecinos latinoamericanos, sino aún por la antigua Europa y la creciente nación estadounidense.
El aporte industrioso de los inmigrantes de las pos guerras (de la Primera y de la Segunda) nutrieron de inventiva y tesón desde Buenos Aires hasta cada una de las provincias argentinas (con dispar densidad) de modo que la agricultura, la ganadería, los cultivos regionales, las pequeñas fábricas y talleres, las carpinterías y la construcción fueron modificando el paisaje y modernizándolo.

Tiempos dorados y de los otros


La Argentina vivió tiempos dorados también. No sólo en su aspecto urbanístico o de producción primaria, o la industrialización en muchos de los rubros que dependíamos del extranjero. También en su estructura social. Pudo superar muchas asimetrías e injusticias y su clase política supo, en destacas oportunidades, escuchar la voz del pueblo.
Pero (siempre hay un pero), no ha sido nuestro camino nacional un sendero de rosas. Enfrentamos muchos desencuentros políticos y sociales (algunos que aún no han sido saldados)y sufrimos muchas debacles económicas, pero el país es grande, es rico y la voluntad de la gente inquebrantable; nos volvíamos a poner de pié y seguimos mirando fijamente a ese destino que se nos enseñó que sería “grande”.
El sector inmobiliario, en el siglo pasado, vivió vaivenes que a más de uno lo hubiera llevado al desaliento y abandono de la lucha, pero el sector resistió esos embates y superó airosamente esas batallas. Batallas muchas veces generadas desde el Estado para regular el mercado, estableciendo normativas demagógicas que a la postre no sólo afectaban la inversión y a los tenedores de inmuebles, sino que perjudicaban a los mismos que se querían beneficiar.


Soy de la época del eslogan “Argentina Potencia” (tenía unos 13 años por entonces) y crédulo de esa propaganda me aprestaba a ingresar a un mañana promisorio y exitoso, sin embargo ese camino no solo que no fue ni promisorio ni exitoso, sino que nos llevó a tiempos oscuros y crueles del que pudimos emerger -algunos muy lastimados y otros sin regreso- cuando recuperamos la vigencia de la democracia en 1983.
Y volvimos a creer en un destino de grandeza. En un destino que no podíamos dejar de anhelar, porque lo creíamos encarnado en nuestras vidas, ineludible y definitorio. Nos subimos al carro de la esperanza de un País mejor.
Y retomamos la tarea de construir una argentina solidaria, equitativa y digna de ser vivida.

El sector inmobiliario en acción


El sector inmobiliario tomó nuevos impulsos y comenzó a hacer lo que mejor sabe hacer: promover el desarrollo urbano, retomar las obras inconclusas y darle final de obra. Comenzar a promover el acceso a la vivienda propia codo a codo con un Estado que miraba el mismo Norte.
Especialmente la gente de campo, que tuvo períodos de buenos precios en sus commodities volcaron en las ciudades sus excedentes y dinamizaron la construcción de edificios en torre y countries y barrios cerrados; dándole un plus al mercado inmobiliario que multiplicó sus efectos en la economía urbana y en el mejoramiento de la calidad de vida de mucha gente.
Mucha agua ha corrido por el Río Paraná en estas cuantas décadas de democracia, y el sector dinamizador de la economía -como es el inmobiliario y el de la construcción- volvió a tropezar con nuevas “piedras”, nuevas leyes y normativas que alteraran el normal desenvolvimiento de la inversión privada, que pone en jaque a quienes habían destinado sus ahorros (léase esfuerzos y sacrificios) al fiel ladrillo, imponiéndoles gravámenes y condicionamientos que desalientan la inversión.
Pero el sector sigue en marcha, buscando las alternativas que pudieran darle al inversor y al que procura su vivienda digna una salida dentro del marco legal y situacional imperante. La lucha sigue.


Lo que el “veinte” nos dejó


El año 2020 tiene un capítulo aparte (y seguro siempre lo tendrá). Pandemia por medio (que complicó a todo el mundo) a la Argentina le pegó muy fuerte. Al sector inmobiliario también. Nuevamente el Estado, vía Decreto de Necesidad y Urgencia (DNU) invadió la esfera privada del ciudadano y le impuso a quien poseía un bien en locación no disponer de su bien y del acuerdo privado suscrito con el locatario la posibilidad de negociar los términos de dicho acuerdo, por espacio de 10 meses, obligando al locador a operar en pérdida en un contexto económico adverso para todas las partes. Sentó un precedente temerario.
Como si eso no fuera suficiente, a “mitad del río” el oficialismo aprueba una ley que modifica el articulado de los contratos de locación de viviendas con términos que alteran de modo significativo lo que el Nuevo Código Civil y Comercial de pocos años atrás (2015) había recogido de la vieja ley de alquileres (23.091), poniendo de cabezas los postulados de la libertad de los contratantes y la condición de pacto privado, sin intervencionismo del Estado.
Consecuencias: retracción de la oferta de viviendas en alquiler. Suba sustancial del canon locativo en nuevos alquileres y desaliento en la inversión para la construcción de nuevas unidades habitacionales con destino a renta.
En el albor de un nuevo año, incierto y poco fiable nos volvemos a hacer la pregunta ¿Dónde vas Argentina? -¡Quo vadis Argentina?-

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