ENFOQUE PORTADA

El efectivo, costumbre argentina de un sistema endeble

Por Nahuel Amore, editor de Dos Florines

Sea para un caramelo o un par de zapatillas, para el estacionamiento o los servicios de cada mes, para la farmacia o el dealer del barrio, la carnicería o una inversión inmobiliaria, el efectivo está siempre presente. A pesar de que el mundo avanza sin retorno hacia la digitalización, el dinero físico sigue siendo el principal medio de pago en nuestro país y devela un sistema en crisis.

Según una encuesta realizada por la Fundación UADE (Universidad Argentina de la Empresa), los pesos constantes y sonantes son el medio de pago más utilizado. El 82% de la población dice utilizarlos “siempre o casi siempre”, contra un 21% que opta por las tarjetas de débito, un 13% por las de crédito y un 7% por otros medios electrónicos.

A pesar de las campañas agresivas de bancos y financieras para fidelizar a sus clientes con alternativas del siglo XXI, la imagen se repite mes a mes: las filas de los cajeros automáticos son tan extensas como abusivas, en la que cientos de personas aguardan su turno, a la intemperie, para retirar una parte o todos sus ingresos. Como dé lugar, hay que sacar el efectivo.

Así se vio, una vez más, durante las Fiestas, en las que aumenta la demanda de dinero y el Gobierno inyecta recursos a la masa circulante. Se observó en verdulerías, locales gastronómicos, negocios de indumentaria, jugueterías y otros sectores comerciales que esperaron con ansias estas fechas especiales para morigerar la caída estrepitosa de ventas que registraron en los meses de la cuarentena dura.

El dinero en efectivo no descansa y a medida pasan los años y se reproduce el proceso inflacionario, el volumen es mayor. De acuerdo a las estadísticas del Banco Central, en la Argentina los billetes y monedas en poder del público, fuera del sistema financiero, representaron en diciembre el 63,6% de la base monetaria que superó los 2,4 billones de pesos.

A pesar de que la bancarización se incrementa, la mayoría opta por el cash a la hora de sus transacciones cotidianas. Por practicidad, seguridad y hasta por ser más económico, circula sin freno por la sociedad y, en tiempos de crisis, a mayor velocidad.

En el ADN nacional

Sin dudas, el dinero, esa notable creación humana como unidad de cuenta, medio de cambio y reserva de valor, nos sigue definiendo en el ADN nacional. Paradójicamente, los pesos que todos quieren, nadie los quiere. Así como llegan, se van. Hay que gastarlos porque el colchón los deprecia. Pasan de mano en mano a un ritmo acelerado y articulan la trama de la economía diaria, hasta volver a los cajeros donde la rueda vuelve a girar.

En el mientras tanto, sobrevuelan esfuerzos contradictorios de un Estado que busca promover la inserción financiera pero, a la vez, sustenta los cimientos de la informalidad. Según estimaciones, el 50% de la economía en nuestro país es marginal y es el efectivo el eje transversal que moviliza a millones de argentinos.

Nadie queda fuera de esta maraña. Oficialistas y opositores, pobres y ricos, de derecha y de izquierda, empresarios y trabajadores, profesionales y estudiantes, comerciantes y manteros, todos, a su modo, sucumben a la opción por el efectivo. No es sólo un problema de falta de educación financiera. Es, en el fondo, una problemática que explica un entramado impositivo agobiante, inmerso en un país entrampado en la falta de un proyecto de desarrollo equitativo.

Por si alguno dice “yo, argentino”, los pagos en negro no suceden sólo en el kiosco de la esquina, con el vendedor ambulante o el albañil. También ocurren en comercios de la peatonal que nos venden remeras con “descuentos” pero sin ticket; en corralones que comercializan sin factura; con la venta de granos no declarados; con empleadas de casa de familia de funcionarios públicos; entre muchos otros ejemplos.

Todos le escapan al fisco. Todos buscan que rinda. Todos miran al costado. En esos resquicios, pues, se despliega el verdadero sistema económico y financiero endeble que define a la Argentina. Ya es una costumbre argentina y, como tal, nos estructura culturalmente. Por ello, atacar el problema -si se quisiera- no será sólo una cuestión de números. Resolver el intríngulis del efectivo exige, fundamentalmente, repensarnos como sociedad.

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