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Promesas cumplidas, promesas por cumplir

A pocos días de su asunción, el presidente Mauricio Macri anunció desde Pergamino, en el corazón de la zona agrícola núcleo, las dos noticias más esperadas por el campo argentino en lo que va del siglo.

Danilo Lima | Dos Florines


A pocos días de su asunción, el presidente Mauricio Macri anunció desde Pergamino, en el corazón de la zona agrícola núcleo, las dos noticias más esperadas por el campo argentino en lo que va del siglo: la quita de las retenciones a los granos –excepto las de la soja que tendrán una reducción anual de cinco puntos porcentuales–, las carnes y las economías regionales, y la eliminación de los Registros de Operaciones de Exportación –los odiados ROEs–, medida que se oficializó la semana que terminó. El ministro de Hacienda y Finanzas, Alfonso Prat Gay, unas horas después, dio la otra noticia anhelada por los productores agropecuarios: el fin del cepo al dólar, o, dicho de otro modo, la devaluación del peso.
Se trata, más allá de las consecuencias que esas decisiones de política económica puedan tener en otros sectores de la sociedad –como la clase trabajadora y los sectores sociales más postergados–, de tres medidas que impactarán favorablemente en el bolsillo de los productores en el mediano plazo, dado que difícilmente tengan un efecto positivo en el presente ciclo agrícola.
Macri, durante la campaña proselitista, recorrió el país de punta a punta y en cada región productiva reiteró sus promesas centrales para el campo: sacar retenciones y eliminar las trabas a las exportaciones, dos de los ejes de la política económica del kirchnerismo.
“Apenas aterrice en la ciudad de Buenos Aires, voy a firmar el decreto de retenciones cero por el que la Argentina no tendrá más retenciones a la exportación de trigo, maíz, girasol y productos regionales”, había afirmado en Pergamino el mandatario nacional, acompañado por la gobernadora bonaerense, María Eugenia Vidal, y el ministro de Agroindustria, Ricardo Buryaile.
Y, tras remarcar que el país “no sale adelante sin el campo” –una frase que sonó como dulce melodía en los oídos de los productos después de tantos años en los que sólo escucharon durísimas críticas–, Macri les advirtió que será “implacable” con quienes evadan. “Hay que pagar los impuestos porque ahora los vamos a cuidar y administrar bien. No hay ninguna excusa. Si hay más ganancias hay que pagar con alegría más Impuesto a las Ganancias”, les recalcó.
Macri, en definitiva, cumplió sus promesas con los productores agropecuarios. Ahora es el turno de que los productores agropecuarios cumplan las suyas.
Durante los años kirchneristas, y aun antes –en la administración del presidente Eduardo Duhalde cuando fueron reimplantadas las retenciones–, desde el campo alzaron la voz para reclamar la eliminación de un impuesto considerado nefasto. La disparada de los precios de los commodities en los primeros años de la década pasada y la devaluación post-convertibilidad que llevó adelante Duhalde –y cuyos frutos fueron bien aprovechados por el presidente Néstor Kirchner–, “suavizaron” el impacto de la transferencia de recursos desde el campo al fisco, y, a regañadientes, los productores terminaron por aceptar la aplicación del gravamen.
A partir de 2006, sin embargo, cuando a las retenciones se sumó el cierre de las exportaciones –primero fue el cepo al trigo y después todos los demás granos, excepto la soja, y la carne–, los reclamos recrudecieron y tuvieron su pico de máxima tensión en 2008 durante el conflicto por la Resolución 125, de retenciones móviles, finalmente abortada aquella madrugada del mes de julio con el “voto no positivo” del vicepresidente Julio Cobos.
Cuando las cotizaciones de los commodities comenzaron a desinflarse y la inflación a crecer, y la renta extraordinaria mutó a falta de rentabilidad, aquellos reclamos se transformaron en gritos de protesta en cada rincón productivo de la Argentina.
Durante todo ese tiempo, los productores argumentaron que la quita de las retenciones y la eliminación de las trabas a las exportaciones redundarían en mayor producción, generación de miles de puestos de trabajo, más oferta de bienes –con la consiguiente baja de precios–, mejores salarios y más inversión en miles de ciudades y pueblos del país. Prometieron, además, transformar al sector agropecuario en el motor del desarrollo de la economía argentina.
Las retenciones ya no existen y las trabas a las exportaciones tampoco. El tipo de cambio, además, les es favorable. Macri, como dicen en el campo, les aflojó la cincha y los productores tienen ahora un escenario impensado hace apenas unos meses.
Vienen años, entonces, en que los productores deberán cumplir sus promesas –como Macri cumplió las suyas– y producir más, generar miles de puestos de trabajo, ofrecer más bienes –para que bajen los precios–, pagar buenos salarios, invertir sus ganancias en las ciudades y pueblos del interior, y transformar al sector agropecuario en el motor del desarrollo de la economía argentina.
Es lo que la sociedad espera del campo.

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