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Mujô

Mujô es el término que el idioma japonés posee para designar el hecho de que no hay nada que sea permanente, que no hay ningún estado que dure para siempre.

Gustavo Sánchez Romero / DOS FLORINES

 

Todas las cosas que existen en este mundo acaban extinguiéndose, todo cambia sin cesar. No hay ningún equilibrio eterno, no hay nada lo bastante inmutable como para que se pueda contar con ello para siempre. Es una manera de ver el mundo que proviene del budismo; aunque se dé en un contexto un poco diferente del religioso, la idea de mujô se encuentra fuertemente arraigada a la idea de que «todo pasa» e implica una especie de resignación ante el mundo, la aceptación de que, al fin y al cabo, el hombre no logra nada oponiéndose al curso de la naturaleza. Aun así, los japoneses han sabido encontrar una forma de belleza en esta resignación. Así lo describió el icónico escritor Haruki Murakami, que al igual que Borges es un eterno ganador al Nobel, cuando recibió el Premio Internacional Catalunya en junio de 2011, en Barcelona. Esta palabra especial adquiere carácter universal cuando en cualquier cultura el hombre mira a su alrededor.
Escribo estas líneas en la luminosa siesta del domingo 25 de octubre, por lo que, obviamente, desconozco el resultado de los comicios que aún se desarrollan en todo el país y en la provincia. De manera que estas palabras no se filtran en la luz de los resultados que emergerán en apenas unas horas, aunque en rigor le caben las generales de la ley y el concepto de mujô también incluye a quienes ostentan el poder político.
La historia no es otra cosa, en todo caso, que una eslabonada sucesión de cambios y de gobernantes que administraron grandes cuotas de poder hasta que las condiciones del espíritu de época cambiaron y un nuevo escenario se levanta para los actores de siempre.
De modo que cuando usted lea estas letras tendrá, estimado lector, información clave que este cronista desconoce. Y si bien es cierto que nada hay más incierto que el pronóstico, sobre todo si se trata del futuro, no hay dudas que la convicción general que irrumpe un nuevo tiempo en el país sobrevuela el destino aciago de los argentinos, independientemente de quienes resulten ganadores. Una nueva y novedosa forma de administrar el poder y el consenso.
Quizá sea un momento para que algunos sectores, especialmente los empresarios, puedan revisar el pasado, y analizar los momentos de los últimos años donde, por acción u omisión, dejó de cumplir su rol social de equilibrio que tácitamente la sociedad le asigna. “De vez en cuando hay que hacer una pausa; contemplarse a sí mismo sin la fruición cotidiana; examinar el pasado, rubro por rubro, etapa por etapa, baldosa por baldosa, y no llorarse las mentiras, sino cantarse las verdades”.

Liquidez.
En el mundo de los negocios, la liquidez es la disponibilidad física de dinero que posee una empresa para hacer frente a sus compromisos de corto plazo. En el mundo social, desde la presentación del filósofo polaco Zygmunt Bauman el concepto de líquido se asocia al cambio, la transitoriedad, la desregulación e intenta también dar cuenta de la precariedad de los vínculos humanos en una sociedad cada vez más individualista marcada por el carácter transitorio y volátil de sus relaciones.
Todo poder es líquido, y quizá nada más líquido que el poder. Y, aunque parezca una verdad de Perogrullo, el poder no es intrínsecamente bueno ni malo, aunque en las últimas décadas en el país se ha desvirtuado su esencia, convirtiéndose en una plataforma para alojar otros intereses. Este carácter indefinido no significa que sea inocuo o inerte; por lo que su ejercicio es tan inevitable, y nadie puede argüir desconocimiento.
El empresariado entrerriano debe revisar su relación con el poder político en los últimos años. En general, hay que decirlo, no cumplió con lo que la sociedad esperó de él. Muchos se sienten avasallados, prepoteados, se quejan del maltrato presidencial y de haber perdido autoridad por la forma en que se manejó el poder en el territorio provincial. Pero Sergio Urribarri los sedujo inicialmente con una gestión activa y dinámica, atento a cada demanda para generar condiciones para dinamizar una alta capacidad ociosa o la satisfacción de necesidades del mercado interno o la exportación con nuevas inversiones en la agroindustria. Esto sucedió efectivamente, aunque también es cierto que el Urribarri del primero año, al que se lo veía pecheando el destino de la provincia, no es el mismo que el del octavo, más lejos de la escena provincial.  
Como nunca el empresariado encontró un interlocutor tan cercano como Urribarri. Esto le alcanzó al gobernador para sobrellevar sin transpirar una relación tensa en su segunda gestión con el sector privado entrerriano. Pero hubo de todo, y hay que decirlo. Desde aquellos que prefirieron el prudente ostracismo del desacuerdo, los que buscaron sacar tajada personal o sectorial del momento, los que mostraban con convicción el souvenir de Guillermo Moreno como un trofeo, los que honestamente se pusieron en incierto equilibrio para encontrar la posición ecuánime que demandaba el momento y aquellos que se corrieron para no ser parte de un montaje. Es natural. Como en todo, el sector empresario no es uniforme, y está sometido a debates y diferencias al interior.
Pero nadie puede argumentar desconocimiento de las condiciones políticas y sociales en que se desarrollaron los últimos 12 años. Este ha sido el tiempo donde más crecieron y se consolidaron las instituciones empresarias, nacidas o rediseñadas sobre el final de la Convertibilidad; pero también las asociaciones de desarrollo municipales que se forjan al calor de los encadenamientos productivos regionales. Las cámaras sectoriales también se afianzaron. Más aun, se conformaron foros empresarios de gran ascendencia que lograron arrastrar a nucleamientos profesionales y otras entidades de la sociedad civil con claros liderazgos. El poder social del sector privado también se ha licuado en la vaguedad de las definiciones.
Estas plataformas apostaron a tener incidencia social, pero se cuentan con los dedos de la mano los intentos por atajar la pérdida de institucionalidad que vivió la provincia en estos años. Con una Legislatura complaciente, sin información pública confiable, con problemas económicos crecientes, poco se hizo, aun cuando se haya querido, para incorporar a la sociedad a un debate público que pocos manejan sobre el destino de la provincia.

Riqueza.
Desde hace varios siglos, las sociedades asignaron una gran importancia al homo faber (hombre que fabrica), entendiendo que es quien invierte, arriesga, brinda empleo y genera los bienes y servicios que requiere la comunidad. Sólo en Argentina el empresario adquiere disvalores que en otros lugares no tiene, quizá porque se desconoce la diferencia entre la producción de la riqueza y su administración.
Mujô también es aplicable a nosotros ante la liquidez de lo real y tangible durante esta década. Lo que Hegel llamó la revolución oculta en el espíritu de los hombres parece inminente, cualesquiera sean los avales que se logren de uno u otro lado de la línea diferencial. Así lo reclama el momento y se presentará más temprano que tarde en el camino histórico. Pero no están solos los hombres de negocios en Entre Ríos. La autocrítica deberá alcanzar tanto a los que escribimos el diario del domingo, como para los que esperan sentados el diario del lunes.

 

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