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Back ESTA BOCA ES MIA Ni mucho menos, la institucionalidad…

Ni mucho menos, la institucionalidad…

Ciertamente es dable de observar que desde hace más de un década, en que empezaron a conformarse las entidades empresarias más importantes de la provincia con fines gremiales como la Unión Industrial de Entre Ríos o la Federación Económica de Entre Ríos (con algunos años más pero con articulación reciente) o con objetivos más integrales, como el Consejo Empresario de Entre Ríos y las distintas corporaciones que tiene la provincia, el discurso de la institucionalidad le cupo mejor que a nadie y fue parte instituyente de su agenda. Gustavo Sánchez Romero /DOS FLORINES


Al calor de la crisis de 2001, fue apareciendo una fuerte plataforma para su crecimiento a partir de la institucionalización (que no debe confundirse con institucionalidad) de estas herramientas, la participación del empresariado en la vida pública fue in crescendo. Sin embargo, los resultados parecen mostrar una evolución del tipo endogámico, donde cada día que pasa se apaga con los bemoles de sus propias brisas.
Nadie duda que han logrado atravesar los momentos más duros de los comienzos y afianzaron una forma de funcionamiento con dinámica propia e identidad definida, pero bien fue necesario que figuras fuertes tomaran las riendas en los años iniciales y le fueran dando un sentido con el sello de su propia impronta.
Habrá que sumar sin dudas a entidades más antiguas como las cámaras que han tenido incidencias oscilantes pero que en este tiempo también crecieron en determinación.

Reclamo.
A pesar de esto, la “institucionalidad” (o su reclamo de viva voz para la provincia) en el discurso del sector privado fue creciendo en antinomia con cierta “discrecionalidad” de la dirigencia política que muchas veces tiende a confundir lo público con lo privado, a avanzar con directrices de gestión donde la división de poderes hace un equilibrio circense todo el tiempo y donde la figura patriarcal del dirigente de turno se impone sobre su propio partido, sus hombres clave, dirigentes ambivalentes y oportunistas y la propia sociedad que ya se acostumbra adormilada a la amplia participación del Estado en el Producto Bruto Geográfico y sus consecuencias en la política y la vida cotidiana.
Entre Ríos tuvo todo esto, pero en rigor de verdad está lejos de ser una provincia de rasgo feudal o clientelar como existen en otras geografías de nuestro país y ha dado muchas muestras de avances institucionales que difícilmente se encuentren en otros distritos. Sin embargo, también es cierto que en los últimos años, y con el borlavento -ya que los ciudadanos y sus nucleamientos no están sometidos a pensar en superar crisis sempiternas- es cuando las provincias hacen la apuesta a consensos abiertos para mejorar sus instituciones.
Este impulso debe estar dado –en teoría- por la acción determinada del sector privado ya que son las instituciones de empresarios, junto con los colegios profesionales y los sindicatos, quienes menos compromiso tienen con la administración del Estado.
Los empresarios han buscado jugar, con el crecimiento de sus entidades y el afianzamiento de sus objetivos, un rol clave en el desarrollo de una sustentabilidad distinta en Entre Ríos. 
Parece hoy un impulso fatuo, aunque el concepto suene duro.

Avatares.
Errores a la hora y en la forma de vincularse con el Estado, posicionamientos demasiados jacobinos, una distancia falsamente inherente con la política y sus actores, un proceso de introspección exagerado hacia sus propias unidades productivas en los últimos años, y una relación siempre esquiva con instituciones como la Iglesia, las asociaciones y el periodismo independiente –entre otros- redundan en un resultado indeseado que afecta a toda la sociedad que, sin saberlo, pone en sus manos expectativas más altas que su propio umbral: la pérdida de participación e incidencia en al vida pública.
Es conocido que los empresarios entrerrianos han perdido en los últimos años algo de ese fuego divino que los hace abandonar empresas y familia para donar tiempo a sus nucleamientos, tanto es así que en muchos casos se insiste en la repitencia o tienen serias dificultades para encontrar recambio con las condiciones que el ámbito demanda y necesita. Ya no se trata sólo de que no haya dirigentes empresarios en las listas de la política con el importante aporte que se pierde la cosa pública con la cosmovisión y experiencia que puede tener un hombre de negocios y que se dejen nombres y formas al libre albedrío de los dirigentes políticos; que los clubes y asociaciones tengan hoy preeminencia de dirigentes más o menos vinculados al Gobierno o directamente sus más altos exponentes. En las mismas entidades empresarias hay dificultades para encontrar recambios institucionales para lograr la necesaria alternancia y fortalecer los espacios privados donde deberían anidar conceptos como el de “institucionalidad”.
No es un dato menor la dificultad que se encuentra a la hora de lograr el compromiso de los más jóvenes, que llegan ya a altos niveles de gerenciamiento en sus empresas y pueden brindar una bocanada de aire fresco con miradas modernas sobre la democracia y la gestión. Esto pasa en casi todas las instituciones empresarias, pese a los esfuerzos en otro sentido y por ensayar caminos que puedan revertir la tendencia.  
Algo hay seguro en torno a este escenario: no hay estrategia sin estrategas, del mismo modo que no puede haber batallas sin soldados.
Quizá el empresario deba aprovechar este momento de intersección institucional del país y la provincia para barajar y dar de nuevo, repasando preceptos para no perder todo lo que se ha avanzado en los últimos años. Aunque no se lo declame abiertamente, la sociedad suele ponerlo en el lugar de contrapoder cuando el Estado desdibuja sus fronteras internas y todo parece pertenecer a la misma geografía a merced de decisiones unipolares.
El mapa del futuro es escribe a diario, tanto es así que nada vale menos que el diario del lunes. El viento del tiempo se lleva todo, incluso lo que no pudimos decir o hacer, y eso no vuelve. La provincia tiene una profunda deuda con la institucionalidad, y todos hacemos cola en Entre Ríos para tributar por esta falencia. Probablemente generar riqueza sea sólo una parte del agregado de valor. Que nadie vea aquí un dedo acusador ya que cada uno, en definitiva hace lo que puede; en todo caso adviértase una mirada demandante, con todo lo lastimoso que ello implica para cualquier ciudadano que se digne de tal. Ni mucho menos.








 

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